Me gusta bajar a la calle adormecida y pasear con serenidad y con cálidos vientos hasta "El Parador" donde tomar café. Cuando me quedo en casa, sentado en mi cuarto desierto, acabo demasiado seguro de mi soledad estridente. Escribo, escribo, escribo, marchando sin marchar, con los ojos clavados en un mar de aguas blancas. Aunque soy listo como Penélope: deshago por la noche lo que tejo durante el día. El gusto por "El Parador", de bajar a la lentitud del mundo, en cambio, me saca a la calle con mi hermano, veo la cara de la gente que anida en las aceras, el tesoro que alumbra en sus sonrisas, me da la luz del sol o la lluvia que está comunicando, saco fotos, y me enfrento de este modo a un mundo de palabras de humo, que saltan con sus aleteos, de aquí para allá, como secretos pájaros.
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