Esta mañana alguien me confiesa que me acerco a las palabras de Trapiello y eso me proporciona alegría. Quién sabe. Quizá sea como ella dice. De lo que sí estoy seguro es de que, desde hace tiempo, algunos días, como hoy, uno se sabe privilegiado en estos tiempos de hecatombe financiera. Hay amistades que hacen el mundo mucho más grande, que no se desgastan con el tiempo. Se va haciendo uno a la idea de que un escritor siempre quiere pertenecer a sus lectores, en su lucha interna. Siempre somos temerosos a los cambios. Y aunque parezca paradójico a uno le interesa lo que pueda suceder internamente. Llego a Oviedo. Vuelvo, como Ulises. Y me encuentro, rehén de mi torpeza y de mis prisas, a mi amiga Alba, voz de mediatarde hecha horizonte, bengala iluminando el océano incierto. Y siempre es viernes. Le comento entonces algo de que debiera raptarla del
Doctorado y en su sonrisa sonríen todas las mujeres del mundo. Pero a lo que íbamos. Lo decía Trapiello en
El tejado de vidrio, la belleza ha de ser una fortaleza, llena de puertas y secretos pasadizos. Hago repaso de lo vivido. Te has ido un instante, es cierto, y uno, que no es más que lo que ves y no es dado a los cambios, te debe ya mil canciones difíciles de tejer, que ronronean en mis sienes. Con mi voz, o no, estoy en ello.
No hay comentarios:
Publicar un comentario