Recuerdo las palabras de uno de los relatos de Wolfang Borchert que repitió, con voz ronca, uno de los viajeros en el tren de cercanías, al caer la tarde: "Están en el aire. En la noche. Oh, están en la noche. Por eso no hay quien duerma. Solo por eso. Ahí están pura y simplemente las voces, créanme, no son más que las voces". Llegamos a la estación indicada. Descendemos. Es Noviembre. Miramos alrededor temblando entre la niebla y las calles están vacías y sin deseo. Aunque se oyen murmullos viejos, sabidos por repetidos. Porque sí, "son los muertos, los muchos, muchos muertos que no saben adónde ir". Lo imaginamos. Y el caso es que continuamos con nuestro viaje a sabiendas de que, estemos donde estemos, no nos dejarán encontrar la calma ni soñar con mundos mejores, pues aún vivimos.
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