Desde hace algunos años intento definir en qué consiste su penetrante fuerza. Mis pensamientos, tarde o temprano, vuelan precisamente hasta allí, como si en el poco ajetreo de sus calles encontraran satisfacción aunque, en realidad, permanezcan suspendidos como una temerosa luz. Villaespesa, Piélagos, Peña Cabarga, Guarnizo, Bahía de Santander, San Salvador. Acá y allá cafés, dos rías: Solía y del Carmen, dos paseos, dos estaciones, una iglesia. Así es Astillero, honesto y profundo, como una marisma en la memoria, un mapa y una puerta al paraíso, una llave irrepetible y una débil esperanza cubierta de plumas reverberantes de realidad.
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