martes, 1 de septiembre de 2015

Las 7 autopistas

Nacho vegas y yo conducíamos un camión 
lleno de dinamita 
al norte del norte mientras pensamos: 
"Aquí yacemos media España". 
 Y perdón
por la paráfrasis de Larra, 
en la que le incluyo, claro, 
nos incluimos 
porque todos somos premuertos. 

El cantante, el encuentro con el cantante. 
Había pedido excedencia para todo el semestre. 
No sabíamos 
adónde nos llevaría, 
porque no sabíamos nada. 
Podríamos considerar 
el camión 
una prisión, porque estábamos compelidos 
a aguardar en él; 
podríamos considerarlo 
un lugar de sociabilidad, 
porque allí 
nos encontrábamos con otros. 

Llegó el alma de Baudelaire 
con su genio y 
su palabra formidable y espantosa. 
Llegó el alma 
de Leopoldo María Panero 
que es un alma buena, 
pero tiene la manía provinciana 
de leer 
sus versos 
en cuanto te pilla desprevenido: 

"oh mano mía, mano de mi fantasma
mano de Scardanelli que tercamente escribe
la historia al revés". 

Llegó el alma de Gloria Fuertes 
que parecía 
la voz de la conciencia, con su gato. 
El gato con vocación de filo. 
El gato que desciende, como descendemos a veces. 
Gato que creía / quería. 

Como somos intemporales, o sea eternos, 
nos codeamos con lo mejor. 
Nacho Vegas y yo, perdidos en su camión, 
con nuestros pecados. 
Distanciados y saciados. 
Intento escribir por huir de él, 
me quiero escapar por la escritura, 
como si la palabra fuese un avión o una bicicleta, 
como si la vida 
se hubiera quedado hueca de tiempo.


Días de dinamita en la cabeza. 
Los recuerdo como suelen recordarse las cosas imaginadas. 
El mundo en el que vivo 
no dejará nunca de escapárseme, 
pero uno se va acostumbrando a viajar con Nacho Vegas. 




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